Cada noche, durante años, los ojos esmeralda de una bella
joven contemplaban, desde el alféizar de su ventana, el estrellado cielo que
ante ella se alzaba. Envuelta en el profundo silencio de la noche, inescrutable
excepto por los grillos que a su son cantaban, y bajo la atenta mirada de la
luna, la joven de ojos verdes y piel
pálida se perdía en la inmensidad del firmamento.
Una noche, para su
asombro, pasó ante ella una estrella fugaz. La joven, que hasta el momento
nunca antes había visto una, pidió un deseo.
Una mañana de otoño en la que los propios árboles acusaban
el frío, noticias horribles llegaron a sus oídos: su padre, enfermo del
corazón, yacía débil en cama. Sin pensarlo, la joven dejó sus quehaceres y
dirigió toda su atención a su enfermo padre.
Con lágrimas en los ojos, tomó la mano de su padre en la
suya y la cubrió con delicadeza. Su padre, abriendo débilmente los ojos, la
apretó con fuerza y dijo:
- Querida hija, que
no caigan tus lágrimas por este viejo moribundo. Mi cuerpo se marchita, mas mi esencia se
quedará siempre contigo.
La joven, sin apenas hacer un esfuerzo por contener las
lágrimas, se dejó caer sobre la cama, enterrando su cabeza en el pecho del su
padre y, entre lágrimas y sollozos, apenas consiguió emitir frase entendible.
- Padre... te
necesito. Aún no soy lo suficientemente fuerte para llevar esto yo sola, soy
muy joven. Has de enseñarme,
padre. Enseñarme a vivir...
- Pequeña, no me
llores. Los ángeles no deben llorar. Levanta bien alta tu cabeza y muestra al
mundo tan bella
sonrisa. Tus propias palabras hablan por mi: eres joven. Lo mejor está por
llegar aún, querida. Y cuando
llegue, sabrás vivir la vida y valorarlo. Y yo me sentiré orgulloso de ti esté
de donde esté. Te quiero,
hija mía...
Pero, antes de que el anciano pudiera continuar la frase, la
presión en la mano de su hija cesó, y su pecho quedó inmóvil.
- Padre...
Y, sujetando aún la mano de su padre, rompió a llorar
desconsoladamente.
Los días que siguieron la muerte de su padre, la joven dejó
de perderse en el cielo infinito. Se había enfadado, ya no quería, no creía en
las estrellas. Dejó de alzar la mirada al cielo, dejó de alzar sus deseos y
plegarias, y se volvió una joven triste, pues perdió la confianza en aquello
que pensó era lo más sincero que podría existir: el firmamento.
Una noche de invierno, la joven se hallaba llorando en
memoria de su padre sobre su cama, cuando un ruido la hizo incorporarse. Para
su asombro, una hermosa mujer, no mucho más mayor que ella, blanca como la
nieve y con un cabello tan dorado que brillaba, se encontraba a los pies de la
cama. La muchacha, asustada, se echó atrás. La mujer, en cambio, rompió el
silencio con una voz tan dulce, que la calidez de sus palabras la hizo
estremecer.
- No temas, pues nos hemos visto antes, allá en el
cielo. Soy aquella fugaz estrella a la que pediste un deseo. Cuéntame joven
muchacha, ¿Qué motivo os hace odiarnos? ¿Acaso os hemos causado mis hermanas y
yo algún mal?
Y la joven, sin dar crédito a lo que sus ojos veían, se puso
en pie.
- Te pedí que estuviera siempre conmigo, y no
está. El cielo infinito me lo arrebató de mi lado ante mis propios ojos. Se lo
llevó. A mi padre, la única familia que tenía…- Luchando por retener las lágrimas que pugnaban por salir,
cayó de rodillas ante la mujer. Ésta, con delicadeza, se agachó frente a ella y
le sujetó la cara entre sus manos.
- Querida niña, no puedes ver lo que no te atreves
a mirar. - Sujetó a la joven por los brazos y la ayudó a incorporarse,
conduciéndola a través de la habitación hacia aquella ventana que tanto tiempo
hacía que no visitaba. – Alza tus verdes ojos y dime, ¿qué ves?
La muchacha, haciendo caso a lo que la mujer le decía, alzó
la vista al cielo y allí, en su ventana y junto a su estrella fugaz bajo aquél
manto estrellado, contempló cada uno de los brillantes luceros.
- Hay muchas más estrellas de las que recordaba…
- ¿A qué crees que se debe? – ella se encogió de
hombros. La mujer prosiguió. – Cada vez que alguien muere, su alma, su esencia,
viaja hacia allí arriba, hacia lo más alto y guardan a sus seres queridos,
velando por ellos desde allá. Jamás te arrebatamos a tu querido padre, pequeña.
Está allí arriba, observándote, cuidándote. Y siempre lo estará. Pues somos
polvo de estrellas, y dado que del polvo venimos, en polvo nos convertiremos. No temas si le echas de menos, no te sientas
perdida. Tan solo acércate a tu ventana y alza tu mirada al cielo. Él te estará
contemplando desde el firmamento infinito.
La joven quedó impresionada y con mejillas húmedas a causa
de las lágrimas, mas cuando quiso volverse hacia su estrella, ésta ya había
desaparecido. Volvió la cabeza hacia el cielo de nuevo, y un pequeño destello
en lo alto le arrancó un susurro de sus labios, curvados en la primera sonrisa
desde hacía meses:
- Gracias.