El aire pesa en tu ausencia y es lívido cuando tu presencia aclara mis ideas, pues en tu ausencia incluso el respirar se me hace eterno, y es tan solo cuando te siento a ti y a la calidez de tu cuerpo cuando de nuevo respiro; cuando me alejas de un mundo promovido por la apariencia para de nuevo volver a la vida, a la verdadera vida...
Una vida, donde tus besos son el aire que respiro y tu mirada, los propios rayos de sol que, aún en lo más alto, envidia siente por no poder llegar a la altura de tan hermosa criatura como eres, pues si las propias rosas pudiera sentir dicha envidia, se marchitarían con solo mirarte.
Y dime, ¿Qué hay mejor que ver como la propia luna al anochecer, se lamente por no poder hacer suya la única estrella que al cielo no pertenece pero que, sin embargo, brilla más que ninguna otra?
Solo una cosa es comparable a eso, y es que yo misma pueda tocar dicha estrella con mis propias manos, mas no sin delicadeza, pues tu cuerpo merece un suave tacto...un cuerpo perfecto para recorrer despacio cada centímetro de tu piel; perfecto para besar con mis labios hasta que la mañana sea pregonada.
Mas nada bueno es lo que anuncia, pues en cuanto tú, estrella que irradia luz a cada movimiento, te alejes de mi cama, el aire de nuevo volverá a faltarme y de nuevo un vacío sentiré por dentro. Mas sé que no para siempre, pues sé que de nuevo al anochecer, la luna volverá a sentirse apenada por no tener en sus manos tan preciado tesoro como el que tú junto con tu esencia formas.
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